Psicologia de la aficion taurina: sadicos, narcisistas, con complejo de inferioridad y tendencias homosexuales

Por Miguel Rico Lopez - Psicólogo


Soy un animalista consagrado, y eso me mueve a creer fervientemente, que toda manifestación de vida sintiente merece respeto y tomar su derecho a vivir con decencia. (Agrego a esta introducción, un dato innecesario: soy vegetariano hace muchos años).

Al consultar la literatura psicoanalítica, no logro encontrar fácilmente trabajos publicados que evalúen psicoterapéuticamente a los seguidores de este mal llamado arte de la tauromaquia. Puedo destacar a Winslow Hunt (1955), donde puede uno leer: “Es sorprendente que una institución tan dramática y anacrónica no haya despertado más el interés de los psicoanalistas”. Es entendible, esa escases de estudios se debe a la fuerte influencia de la critica que genera prejuicio, donde aún se considera a esta exagerada manifestación cultural como arte de tradición. Puede ser algo que tenga que ver con el mal de clases sociales a los que nos enfrentamos en este mundo indoloro.


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Muy ciertamente el psicoanalista estadounidense nacido en Alemania Martin Grotjahn (1959) sostenía firmemente: “Los aspectos horribles de la tauromaquia anulan el interés que posee la simbolización inherente a su ritual. Quizás esto explique la escasez de los intentos analíticos de interpretación de la fiesta”.

Estudiar la tauromaquia, abona un interesante campo de investigación sobre las transacciones psicológicas referentes a la tolerancia y a la crueldad humana en diversas actividades. Esta es una fiesta Nacional en España (que no es la madre patria) y una vergonzosa y repudiable costumbre heredada en las fiestas de muchos pueblos en Colombia, donde ha tenido aficionados por "hastío" y que alimenta impunemente las inclinaciones sádicas de una afición delirante y la cambiante sensibilidad de una sociedad violenta frente a los espectáculos sangrientos con finales de muerte.

Son casi sesenta millones de personas alrededor del mundo, que hacen de esta aberración de festejos populares, un estilo y una oportunidad para declararse aficionados a cualquier cosa.

“La afición a la tauromaquia es debida a que proporciona un marco único para el desahogo y la proyección de pulsiones instintivas reprimidas. Claramente, su atractivo central es el de la gratificación inconsciente de las pulsiones sádicas”. En este sentido de vista, el sufrimiento, dolor y muerte del toro son un hecho supuesto. El Taurómaco supone que los caballos, los auxiliares o el torero, podrían correr el mismo destino, por tanto la muerte, hace parte del final apoteósico del “espectáculo”.

Cuando el toro se impulsa en la salida, el aficionado experimenta un par de deseos contrarios y en conflicto con los valores de la ética:

1.   Que el torero sea cogido y

2.   Que el lance no tenga consecuencias sangrientas.

Sólo el último suele ser consciente.

Al experimentar esto el tauromano, sacia dos instancias psíquicas diferentes:

1-   El Ello de los instintos y

2-   el Superyó de la conciencia.

Efectivamente el torero es objeto de la proyección de instintos y deseos contrapuestos. El sadismo, empieza a manifestarse cuando el espectador pide al torero que se aproxime a los cuernos mortíferos del animal, pero, simultáneamente — jamás en vez de, como suele pensarse— no desea presenciar una segura desgracia.


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Un asistente común a este espectáculo rechaza deliberadamente la idea de estar asistiendo a la corrida de toros con el objetivo de ver el sufrimiento y la muerte del animal no humano y su sabido desenlace cruento. La negación la justifica con el heroísmo del toro y el torero, lo ven como un combate digno de ser aplaudido. Y tampoco podrían concebir que han acudido para ser testigos eufóricos de una “cogida” pero si ocurre, es algo circunstancial que hace parte del show. Para reducir los sentimientos de culpa, lo más seguro es que alegarían argumentos conscientes vinculantes al Superyó, atribuyendo un valor estético que podría no existir. Es por eso que estas personas, le atribuyen a la tauromaquia el valor “de una fiesta sin par en el mundo, un espectáculo emocionante y hermoso en el que se demuestra la bizarría, el arte y la inteligencia de un hombre ante una bestia brava”. Suena comprensible desde su punto de vista, pues “toda esta argumentación es adicional y no sustitutiva del sadismo inherente a la tauromaquia”.

Al escudar su humanidad en la reacción referente al sufrimiento del torero si llega a ser herido de muerte, minimizan los sentimientos reactivos a sus ocultos deseos sádicos. “Existen ingeniosas racionalizaciones para justificar el cruel espectáculo de la tauromaquia. Por ejemplo, se recuerda que el toro intenta matar al torero, como si el animal hubiese elegido ir a la plaza con esa intención”.


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Quiero hacerme una pregunta: ¿Acaso la tauromaquia fomenta el sadismo? O ¿Solo canaliza uno existente dentro de un marco estéticamente admirable?

La cuestión a dilucidar sería la de si la aceptación social del espectáculo de los toros promueve la expresión sádica de unos instintos agresivos que podían haberse sublimado por derroteros socialmente más útiles; o si, por el contrario, neutraliza su potencial destructivo por medio de la descarga parcial de dichos instintos. Después de todo, hoy día el aficionado se limita a tener fantasías asesinas, a vociferar y, como mucho, a tirar almohadillas. La respuesta a esta pregunta es, con toda seguridad, que la fiesta de los toros lleva a cabo ambos cometidos psicológicamente contradictorios en el espectador.

Quiero hacerme una pregunta: ¿Acaso la tauromaquia fomenta el sadismo? O ¿Solo canaliza uno existente dentro de un marco estéticamente admirable?

La cuestión a dilucidar sería la de si la aceptación social del espectáculo de los toros promueve la expresión sádica de unos instintos agresivos que podían haberse sublimado por derroteros socialmente más útiles; o si, por el contrario, neutraliza su potencial destructivo por medio de la descarga parcial de dichos instintos. Después de todo, hoy día el aficionado se limita a tener fantasías asesinas, a vociferar y, como mucho, a tirar almohadillas. La respuesta a esta pregunta es, con toda seguridad, que la fiesta de los toros lleva a cabo ambos cometidos psicológicamente contradictorios en el espectador.

La afición da importancia al hecho de creer, que el toro es dueño de una oportunidad de matar a su verdugo, y suponer que de ninguna manera se trata de una caza en desventaja. Todo se basa en la identificación del torero con una clase poco favorecida en términos éticos, él se atreve a enfrentar “a iguales” a la muerte representada ya desde sus inicios en la figura de un toro (animal por demás noble) y creen defender al animal cuando la malvada mano del picador se encarniza con el vacuno o al ver que la espada no logra dar una muerte. Este mecanismo de defensa, no es más que sentimientos de culpabilidad asociados a fantasías sádicas reprimidas.


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Y el torero juega un importante papel en su teatro exhibicionista. Hace sublime su baja autoestima con una autogratificación narcisista.

Imagínese un espectáculo en la Roma Antigua… Ahora cambie al esclavo por un toro… Es lo mismo.

Y hablo de baja autoestima en el torero, pues cuando este se siente muy urgido por alimentar su megalomanía con una primitiva sensación de grandiosidad en la arena, necesitando ser aclamado por su aparente heroísmo, incita a la afición a cualquier precio, poniendo su vida en peligro mas allá de lo que le concebiría su sentido común.
Y el espectador de inmediato se identifica con el matador haciendo vibrar la plaza, elevando a gloriosa esa exaltación ego céntrica que constituye, en realidad, la regresión al gozoso sentimiento de la omnipotencia exhibicionista de la infancia. Esa manifestación en verdad nada tiene que ver con un afecto verdadero hacia el torero.  Se trata solo de satisfacer macabros deseos de muerte…

“La posición privilegiada del torero de cartel —dinero y fama en la juventud— inspira admiración, pero también envidia, inevitable cara de la misma moneda. Es común que el espectador intente compensar este doloroso sentimiento, que denota inferioridad y, además, es censurable para la conciencia, por medio del de superioridad. Así, se erige en juez de lo que pasa en el ruedo, hace exigencias al torero y se arroga la prerrogativa de la aprobación o el insulto”.

Los psicoanalistas conocemos a este proceso como “la erotización del peligro” en el que se funden las respuestas psicofisiológicas ante el miedo con la excitación sexual.

No se trata de discriminar en términos de género, pero al ver algunas obvias implicaciones heterosexuales de estos testimonios, podemos tener en cuenta que, a nivel psíquico profundo, “la tauromaquia puede tener significados homosexuales inconscientes”. Después de todo, los protagonistas en la arena son machos flagrantes, salvo en los pocos casos de mujeres toreras.

Y fue Ernest Hemingway, gran aficionado a esta barbarie, quien en un majestuoso y escalofriante relato en su novela (1960), The Dangerous Summer, describe una cogida de Ordóñez. Esta es la narración (fragmentada) de un coito sádico homosexual: “Al recibir al toro por detrás […] el cuerno derecho se clavó en la nalga izquierda de Antonio. No hay un sitio menos romántico ni más peligroso para ser cogido […] Vi cómo se introducía el cuerno en Antonio, levantándolo […], la herida en el glúteo tenía seis pulgadas. El cuerno le había penetrado junto al recto rasgándole los músculos”.

Dejando a un lado el poder del dramatismo, recapacitemos sobre la manifiesta virilidad que representa el toro, comparado a la fragilidad del hombre que podría ser interpretada como femenina (Frank, 1926). Es que cuando uno ve pasear al torero metido en ese traje de luces “precioso y ajustado”, la coleta peinada, un caminar de corte retrechero, el desfile exhibicionista y la actitud altiva, recuerda que los estereotipos le han dado ese permiso y es propio de la mujer.


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A manera de conclusión:

El psiquiatra Fernando Claramunt (1989) ha escrito sobre la psicogénesis y la psicopatología de las cogidas. En algunas ocasiones los toreros expresan abiertamente en la conducta, e incluso verbalmente, sus tendencias autodestructivas. El toreo de Belmonte fue considerado suicida por gran parte de la afición. Mucha gente iba a verle creyendo que serían testigos de su última corrida. Durante años Belmonte pensó obsesivamente en el suicidio y de viejo se quitó la vida.

En algunas cogidas autoinducidas o semiprovocadas puede discernirse también la dinámica de la venganza contra una afición —parental— sádica. El sacrificio masoquista del torero tendría como finalidad punitiva causar o fomentar en aquélla la culpabilidad. A este respecto, en un artículo con el título El placer de ser cogido, D. Harlap (1990) explicó elocuentemente la existencia de esta motivación en el caso de Manolete.

Concluiremos diciendo que la fiesta de los toros representa una compleja transacción psicológica, resultado de compromisos entre los gustos sádicos de la afición y su cambiante sensibilidad a la crueldad y a la muerte. En la actualidad, si se contempla demasiada sangre, si se hace sufrir al animal “excesivamente” o si el hombre corre muchísimo peligro, se herirá la sensibilidad de una mayoría. Si, por el contrario, estos alicientes son escasos, desaparece el atractivo de la fiesta. Ésta constituye un marco único para la proyección de pulsiones instintuales y para la representación de simbolismos inconscientes, vehiculizado todo ello por medios altamente estéticos y tradicionalmente sancionados.


Basado en el estudio de Cecilio Paniagua.


Una Revolucióm Intelectual


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